Lena Natalia - Almost Home (2017)

La premiada compositora y pianista Lena Natalia lanza su cuarto álbum completo de composiciones originales. Titulado "Almost Home", este trabajo ofrece un paisaje sonoro postclásico lleno de texturas ambientales que capturan la delicadeza y profundidad de sus melodías de piano minimalistas. Lena Natalia combina de manera única elementos de la música clásica, electrónica y postclásica, creando atmósferas que invitan a la introspección y al descubrimiento emocional. Su música se reproduce de forma regular en estaciones de radio y plataformas alrededor del mundo. Lena Natalia merece el máximo reconocimiento entre los grandes compositores contemporáneos, consolidándose rápidamente como una de las pianistas más admiradas de nuestra era moderna.

 

Lena Natalia - Almost Home (2017)

01. Almost Home
02. Leaving The Nest
03. The Gardner
04. Kyoto
05. Chess Players
06. Acceptance Letter
07. Open Door
08. The Solitary Tailor
09. St Malo
10. Coffeehouse Glances
11. The Knight
12. The Stoic

Duración total: 47:31 min.

Comentarios

  1. “(...) Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco, y en el alto cielo su fondo estrellado, y en las multitudes el hombre que yo amo.”

    Violeta Parra, compositora chilena

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  2. 🌄 Los dos luceros del alma en la mañana fría

    Esta mañana en Aluminé amaneció con ese frío que no duele, pero avisa. Un frío limpio, casi ceremonial, como si el aire hubiera sido recién creado para ser respirado con conciencia. El sol, tímido pero firme, se desliza entre los árboles como un susurro dorado, recordándome que incluso en el borde del otoño hay una promesa de claridad.

    Camino despacio. No por cansancio, sino por respeto.

    Y entonces, casi sin buscarlo, aparece en mí una voz antigua, una gratitud hecha canción que no me pertenece, pero que sin embargo me habita. La voz de Violeta Parra parece flotar entre las montañas, recordándome que ver no es solo abrir los ojos… sino comprender lo que se revela entre la luz y la sombra.

    “Me dio dos luceros…”

    Pienso en eso mientras observo el contraste perfecto de esta mañana: la escarcha aún aferrada a la tierra y el sol derritiéndola sin prisa. Lo negro y lo blanco. Lo frío y lo tibio. Lo que permanece y lo que inevitablemente se transforma.

    ¿Qué son realmente esos dos luceros?

    Quizás no sean solo los ojos. Quizás sean las dos formas de mirar: una que juzga, que separa, que clasifica… y otra que abraza el misterio, que no necesita entenderlo todo, que se permite sentir sin definir.

    En el silencio de este rincón del mundo, entiendo que distinguir lo negro del blanco no es dividir, sino reconocer. Reconocer que en cada sombra hay un pulso de luz escondido, y en cada claridad, una profundidad que no se deja domesticar.

    Respiro.

    El aire frío entra como una verdad que no pide permiso.

    Y en ese instante, siento que ver el “fondo estrellado” del que hablaba Violeta no es mirar el cielo nocturno… sino descubrir que incluso en pleno día hay estrellas invisibles sosteniendo el sentido de lo que somos. Hay constelaciones en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada latido que insiste en seguir.

    Me detengo.

    A lo lejos, el sonido de algo vivo. Tal vez un ave. Tal vez el río. Tal vez mi propia conciencia despertando.

    Y entonces comprendo algo más.

    “En las multitudes el hombre que yo amo…”

    Pero aquí no hay multitudes. Solo árboles, viento y esta mañana que parece haber sido escrita para mí. Sin embargo, el amor también está. No en una persona concreta, sino en la posibilidad de reconocer lo amado en todo. En el vapor que sale de mi boca al exhalar. En la textura áspera de la tierra. En la luz que, sin preguntar, toca todo por igual.

    Quizás el enigma del espíritu no esté en buscar lo extraordinario, sino en dejar de pasar por alto lo esencial.

    Hoy, en este inicio de abril, en este rincón frío y luminoso de Aluminé, siento que esos dos luceros no solo me permiten ver… sino elegir cómo mirar.

    Y elegir cómo mirar… es, en el fondo, elegir cómo vivir.

    Porque hay una forma de ver que encierra…
    y otra que libera.

    Hay una forma de ver que teme…
    y otra que agradece.

    Y en esa elección silenciosa, casi imperceptible, se juega todo el viaje.

    Este viaje.

    El que no necesita mapas, ni certezas, ni finales.

    El que simplemente ocurre cuando uno se detiene lo suficiente… para mirar de verdad.

    Gracias a la vida, sí.

    Pero también… gracias a la mirada que aprende, cada día, a merecerla.

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