Hans Zimmer & Benjamin Wallfisch - Blade Runner 2049 (2017)

La película "Blade Runner 2049" se estrenó a nivel mundial el pasado viernes 6 de octubre de 2017, dejando impresiones muy positivas tanto a la crítica como a las audiencias. Junto a la salida de la secuela dirigida por el director Denis Villeneuve, se ha publicado el soundtrack completo, que ha sido uno de los varios elementos más comentados de la película. La banda sonora de la entrega original de 1982, compuesta por Vangelis, es una de las más reconocidas del cine de ciencia ficción, por lo que las expectativas eran sumamente altas. La banda sonora de "Blade Runner 2049" fue compuesta por Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, pero ellos no fueron la primera elección. El resultado logrado es estimable y funciona muy bien en la película.

Hans Zimmer & Benjamin Wallfisch - Blade Runner 2049 (2017)

01. 2049
02. Sapper's Tree
03. Flight To LAPD
04. Rain
05. Wallace
06. Memory
07. Mesa
08. Orphanage
09. Furnace
10. Someone Lived This
11. Joi
12. Pilot
13. Hijack
14. That's Why We Believe
15. Her Eyes Were Green
16. Sea Wall
17. All The Best Memories Are Hers
18. Tears In The Rain
19. Blade Runner

Duración total: 75:53 min.

Comentarios

  1. “El amor es una muestra mortal de la inmortalidad.”

    Fernando Pessoa, poeta portugués

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  2. por favor suban esto!!! no permite descargar! muchas gracias.

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  3. Atento a tu solicitud Miguel, en breve se actualizará esta entrada! Gracias a vos por escribir. Saludos

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  4. 💫 Donde el amor recuerda lo eterno

    La mañana despierta lentamente en Aluminé.

    La neblina, persistente y silenciosa, se desliza entre los árboles desnudos del final del otoño como un antiguo espíritu que conoce secretos que los hombres han olvidado. Desde mi ventana apenas logro distinguir los contornos de las montañas. Todo parece suspendido entre la aparición y el misterio, como si el mundo hubiese decidido permanecer unos instantes más en el umbral entre los sueños y la vigilia.

    Hay mañanas que invitan a pensar.

    Otras invitan a recordar.

    Y algunas, como esta, invitan a escuchar.

    No el ruido del mundo, sino aquello que existe detrás de él.

    Mientras observo cómo la bruma abraza los bosques y los senderos que rodean Aluminé, vuelven a mi memoria las palabras de Fernando Pessoa:

    "El amor es una muestra mortal de la inmortalidad."

    Y cuanto más las contemplo, más me parecen una llave capaz de abrir puertas invisibles.

    Vivimos en un universo donde todo parece destinado a cambiar.

    Las hojas caen.

    Los ríos avanzan.

    Las estaciones se transforman.

    Los cuerpos envejecen.

    Las voces se apagan.

    Incluso las montañas, que parecen eternas, son lentamente modeladas por el tiempo.

    Todo fluye.

    Todo se transforma.

    Todo parte.

    Sin embargo, en medio de esa corriente incesante existe algo que desafía silenciosamente la lógica de lo transitorio.

    El amor.

    No hablo solamente del amor humano, aunque también lo incluye. Hablo de esa fuerza misteriosa que une las cosas aparentemente separadas. La misma que hace que una melodía nos conmueva décadas después de haber sido creada. La misma que nos permite sentir cerca a quienes ya no están. La misma que hace que un paisaje desconocido nos resulte familiar desde el primer instante.

    Quizás por eso Pessoa lo llamó una muestra mortal de la inmortalidad.

    Porque el amor aparece en un mundo finito, pero parece pertenecer a otro orden.

    A otra dimensión.

    A otra memoria.

    Aquí, en la Patagonia profunda, donde la tierra todavía conserva ecos de antiguas sabidurías, esa idea adquiere una resonancia especial.

    La cosmovisión mapuche enseña que nada existe verdaderamente separado.

    Todo forma parte de una red viva donde la montaña, el agua, el viento, los animales y los seres humanos participan de una misma energía.

    El universo no está compuesto de objetos aislados.

    Está compuesto de relaciones.

    De vínculos.

    De reciprocidades invisibles.

    Quizás por eso los antiguos comprendían algo que la modernidad suele olvidar: que vivir no consiste únicamente en ocupar un lugar en el mundo, sino en aprender a relacionarse con él de manera armoniosa.

    El amor, entonces, no sería solamente un sentimiento.

    Sería una forma de reconocer la unidad escondida detrás de las apariencias.

    Una forma de recordar.

    Porque tal vez el alma no ama aquello que descubre.

    Tal vez ama aquello que recuerda.

    A veces pienso que toda experiencia profunda de amor contiene una extraña sensación de reencuentro.

    Como si al mirar ciertos ojos, escuchar ciertas músicas o contemplar determinados paisajes, algo muy antiguo despertara dentro de nosotros.

    Algo que estuvo allí desde siempre.

    Algo que precede incluso a nuestra propia historia.

    Mientras la niebla continúa desplazándose sobre los bosques de lenga y los cerros ocultos detrás de las nubes bajas, imagino que la naturaleza conoce perfectamente este secreto.

    Los árboles dejan caer sus hojas cada otoño sin temor.

    Saben que la vida continúa circulando en silencio bajo la corteza.

    Los ríos desaparecen detrás de una curva sin preocuparse por el destino de sus aguas.

    Saben que forman parte de un viaje mucho más grande.

    Las estrellas desaparecen cada amanecer, pero nadie cree que hayan dejado de existir.

    Quizás el amor también funcione así.

    No desaparece.

    Solo cambia de forma.

    Permanece donde no podemos verlo.

    Como las raíces bajo la tierra.

    Como las montañas ocultas detrás de la niebla.

    Como la música que continúa resonando mucho después de que la última nota se haya extinguido.

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  5. Tal vez por eso algunas presencias siguen acompañándonos incluso cuando ya no podemos tocarlas.

    Porque el amor no pertenece exclusivamente al tiempo.

    Y aquello que no pertenece por completo al tiempo participa, de alguna manera, de la eternidad.

    La cultura ancestral mapuche habla del equilibrio entre los mundos visibles e invisibles.

    De la importancia de escuchar aquello que no siempre puede nombrarse.

    De reconocer que la realidad es mucho más vasta que lo que perciben nuestros sentidos.

    En esta mañana de otoño tardío siento que la niebla misma parece enseñarnos esa lección.

    Oculta para revelar.

    Silencia para que podamos escuchar.

    Borra las distancias para recordarnos la unidad.

    Y mientras el paisaje desaparece parcialmente detrás de su velo gris, algo dentro de mí comprende que quizás la inmortalidad no sea la ausencia de muerte.

    Quizás sea la permanencia del vínculo.

    La continuidad de aquello que ninguna separación consigue romper.

    Quizás la inmortalidad habite en cada acto de amor sincero.

    En cada gesto de compasión.

    En cada recuerdo que sigue iluminando una vida.

    En cada abrazo que transforma para siempre a quien lo recibe.

    Porque cuando amamos verdaderamente, dejamos de ser individuos aislados.

    Nos convertimos en puentes.

    En caminos.

    En resonancias.

    Y toda resonancia trasciende a quien la originó.

    Por eso, mientras la mañana avanza lentamente sobre esta tierra sagrada del sur, siento que Pessoa tenía razón.

    El amor es una evidencia discreta de que existe algo más allá de lo que vemos.

    Una grieta luminosa en el muro de lo efímero.

    Una ventana abierta hacia lo eterno.

    Una huella del infinito atravesando, por un instante, nuestra condición humana.

    Y quizá, cuando finalmente la niebla se disipe y las montañas vuelvan a mostrarse en toda su plenitud, descubramos que nunca estuvieron ausentes.

    Del mismo modo que el amor.

    Del mismo modo que el espíritu.

    Del mismo modo que aquello eterno que, desde el principio de los tiempos, continúa habitando silenciosamente en el corazón de todas las cosas.

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