Por lo general, un intérprete en bandas sonoras y un productor en los álbumes de su esposa Keiko Matsui, Kazu Matsui es un ejecutante capaz de shakuhachi por derecho propio. En “The Stone Monkey” juega un poco con los géneros, mezclando su shakuhachi con breakbeats y teclados electrónicos. El resultado está en el orden de ritmos tribales, con algunos aspectos de la nueva era y otros del latido del mundo. La música puede rayar en lo trippy de vez en cuando, pero Kazu Matsui la mantiene unida con equilibrio, creando paisajes sonoros envolventes, haciendo de esta una interesante y auténtica adición a la colección de cualquier oyente curioso, exigente y apasionado por descubrir nuevas fusiones musicales, profundamente evocadoras y rítmicamente cautivadoras.
Kazu Matsui - The Stone Monkey (2005)
01. The Edge Of Sunrise
02. The Stone Monkey
03. Shadow Of Its Soul
04. Praising A Temple
05. Red Forest
06. Planting Seeds
07. Windows Of The Dome
08. Ancient Longing Dance
09. Eye Of The Moon
10. Crow
Duración total: 45:10 min.

“Amar es buscar y ser buscado al mismo tiempo.”
ResponderEliminarYukio Mishima, escritor japonés
Para meditar, todo lo que necesitas hacer es sentarte con las piernas cruzadas, sobre un tapete, o fuera en el pasto o en otro sitio donde te sientas bien, o siéntate en una silla. Pero tu espalda debe estar derecha. No te acuestes. Cuando te acuestas es casi imposible meditar, porque tu cuerpo se relaja demasiado y te da sueño. Lo mejor es estar muy alerta al meditar. Es buena idea lavarse las manos y la cara, o si es la meditación de la mañana, tal vez levantarse, bañarse, tomar una taza de té, café o cualquier bebida que te despierte. Siéntate, relájate y si esta es la meditación de la mañana escucha el álbum “Iluminación”.
ResponderEliminarCada una de las 15 canciones ha sido compuesta alrededor de una dimensión y todas están en orden ascendente. El álbum de la mañana te ofrece una experiencia de 15 dimensiones superiores de luz que proporcionan energía, visión interior y poder para salir y tener un día maravilloso. El álbum de meditación para la noche, “Cañones de luz”, se refiere a otras 15 dimensiones a las cuales es más fácil entrar durante la noche, y subirás en ellas muy alto. Es más fácil meditar en la noche porque en ese tiempo la gente calla. Todos se serenan. Van a casa y se duermen. Y las dimensiones que están disponibles — algunas es más fácil entrar durante la noche, otras por la mañana. El álbum de “Iluminación” tiene una hora de duración. Si eres nuevo a la meditación, posiblemente queras meditar sólo media hora hasta que tomes el ritmo y aumentes tu esistencia, y después hazlo por una hora. Una hora es excelente.
Por lo tanto, puedes sentarte por la mañana, tocar el álbum y escuchar. Zazen, es el nombre del grupo musical compuesto por mí y tres de mis estudiantes. Zazen es una palabra japonesa. Significa sentarse en silencio, para escuchar, para estar conscientes de todo y de nada y de lo que está más allá de ambos. Zazen también es, en el budismo zen, meditación al estar sentado.
Si te sientas, si haces que calle tu mente, si estas quieto y escuchas la música, la música hará dos cosas. La primera, es que provee una clase de manto áurico. La energía de la música es muy alta. Yo me he elevado a niveles de conciencia muy altos, dentro de samadhi, para introducirle cierto poder a la música en su totalidad. Y cuando tocamos la música, su energía es tan alta que bloqueara los pensamientos e impresiones de la gente de este mundo, de modo que estemos —seguros. Es como si estuvieras sentado en un ambiente prístino, en un hermoso lugar de poder sin impresiones. Es muy fácil tocar los otros mundos. Pero, en segundo lugar, todas las canciones están en grupos de cinco. En otras palabras, hay tres grupos de cinco canciones en cada álbum. Las canciones hacen referencia a cada chakra en particular.
Una palabra acerca de las chakras, los centros de energía, el cuerpo sutil y los portales al infinito. Tenemos tres meridianos primarios en el cuerpo. Tenemos un cuerpo de luz, también conocido como cuerpo sutil o cuerpo astral, que rodea al cuerpo físico. Está compuesto de una red de filamentos o fibras de luz, y esas fibras se unen en los lugares que llamamos chakras. Hay siete chakras primarias, que van desde la base de la espina dorsal hasta la parte superior de la cabeza. Están conectadas por tres tubos nerviosos astrales, el más largo de los cuales es el sushumna, y luego están la ida y la pingala. La chakra base, la chakra raíz, que es donde la energía del kundalini se encuentra en reposo, está en la base de la espina dorsal. Alrededor del área de los órganos sexuales está la segunda chakra. La tercer chakra está alrededor del área del ombligo, aproximadamente una pulgada hacia abajo.
🌑 El extraño destino de las almas que se buscan
ResponderEliminarHay amores que parecen existir mucho antes del encuentro.
Como si dos almas hubiesen comenzado a llamarse en silencio desde extremos distintos del universo, atravesando vidas, sueños y noches antiguas hasta coincidir finalmente bajo un mismo cielo. Y cuando eso ocurre, algo imposible sucede dentro de nosotros: sentimos reconocimiento antes que descubrimiento.
No es casualidad.
El alma rara vez se sorprende de aquello que ya conocía en secreto.
Quizá por eso algunas personas llegan a nuestra vida con la fuerza de un recuerdo. Sus ojos parecen contener lugares donde estuvimos antes de nacer. Su presencia altera el tiempo. Todo se vuelve extraño, casi sagrado, como si el universo hubiese abierto discretamente una puerta hacia otra dimensión.
Y entonces comprendemos que amar jamás fue solamente encontrar a alguien.
Amar es buscar y ser buscado al mismo tiempo.
Es un movimiento invisible entre dos espíritus que se llaman incluso cuando todavía no saben sus nombres.
Durante años creí que el amor era una elección racional, un acuerdo silencioso entre dos soledades intentando salvarse mutuamente. Pero el tiempo me enseñó algo más inquietante: el verdadero amor se parece más a un destino que a una decisión.
No porque esté escrito, sino porque hay encuentros que parecen inevitables.
Como las mareas.
Como los eclipses.
Como las estrellas que terminan cruzándose después de vagar siglos enteros en la oscuridad.
Hay personas que aparecen justo cuando nuestro espíritu está a punto de olvidar cómo sentir. Llegan como señales en medio del caos. Y aunque intentemos explicarlo con lógica, algo más profundo sabe la verdad: nos estuvimos buscando desde mucho antes.
Tal vez el amor sea eso.
Una memoria.
No de esta vida necesariamente, sino de algo más antiguo. Algo que habita detrás de la materia y respira debajo de las apariencias. Porque cuando amamos verdaderamente, no sentimos que estamos construyendo algo nuevo. Sentimos que estamos regresando.
Regresando a un lugar interior donde el miedo desaparece por un instante.
Pero amar también implica perderse.
Nadie atraviesa el amor sin transformarse. Porque el amor auténtico no acaricia solamente nuestras luces; también despierta las sombras dormidas en lo más profundo del alma. Nos obliga a mirar heridas que habíamos escondido detrás de sonrisas y silencios.
El otro se convierte entonces en espejo y abismo.
Y qué extraño resulta descubrirnos a través de alguien más.
A veces pienso que el universo creó el amor para impedirnos quedar atrapados dentro de nosotros mismos. Para romper lentamente las murallas invisibles del ego y recordarnos que fuimos hechos para trascender la separación.
Sin embargo, seguimos temiendo.
Tememos no ser suficientes.
Tememos perder.
Tememos entregar demasiado.
Tememos que el otro deje de buscarnos.
Porque en el fondo todos llevamos una antigua herida de abandono, como si alguna vez hubiésemos sido separados de algo inmenso y desde entonces camináramos intentando volver.
Quizás por eso duele tanto el amor.
No por su fragilidad, sino por su capacidad de revelarnos cuánto necesitamos ser vistos realmente.
Hay miradas que nos encuentran incluso cuando estamos perdidos dentro de nosotros mismos. Miradas que atraviesan máscaras, orgullos y cicatrices. Y cuando alguien logra vernos así —completamente— ocurre algo casi místico.
Dejamos de sentirnos solos en el universo.
Pero el amor verdadero jamás consiste en poseer.
Las almas no pertenecen.
Se reconocen.
Quien ama de verdad comprende que el otro no vino a llenar vacíos, sino a caminar junto a nosotros mientras atravesamos nuestros propios laberintos interiores. Amar es acompañar el misterio del otro sin intentar descifrarlo por completo.
Como quien contempla la luna sobre el océano sabiendo que nunca podrá tocarla del todo.
Y aun así… permanece.
Hay una belleza profundamente espiritual en eso.
Porque el amor no necesita respuestas absolutas para existir. Le basta la presencia. El instante compartido. La vibración silenciosa entre dos seres que se buscan en medio del caos del mundo.
ResponderEliminarA veces el amor ocurre en los lugares más inesperados: una conversación nocturna, un silencio que dice demasiado, una coincidencia imposible, una sensación inexplicable de hogar.
Y entonces entendemos que el universo también escribe poesía a través de los encuentros humanos.
Nada es completamente accidental.
Cada alma que llega trae consigo una llave invisible. Algunas abren heridas. Otras abren puertas. Y unas pocas… abren universos enteros dentro de nosotros.
Pero incluso cuando el amor se marcha, deja algo sagrado.
Porque quien fue amado profundamente jamás vuelve a ser el mismo. El amor modifica nuestra manera de mirar el tiempo, la ausencia y las estrellas. Nos enseña que existimos más allá del miedo y que el corazón humano posee dimensiones desconocidas incluso para sí mismo.
Quizás por eso seguimos buscando.
No solamente personas, sino esa sensación inexplicable de reconocimiento. Ese instante donde el alma descansa al sentir: “Aquí también habita algo de mí.”
Y mientras avanzo por este viaje espiritual entre sombras y constelaciones, comienzo a sospechar que todos somos viajeros intentando encontrarnos unos a otros en medio de la inmensidad.
Almas llamándose a través del tiempo.
Almas perdiéndose para poder reconocerse nuevamente.
Porque amar, después de todo, no es únicamente hallar a alguien en el mundo.
Es descubrir que, en algún rincón invisible del universo, también alguien estaba intentando llegar hasta nosotros.