Gaelic Storm - Tree (2001)

Sobre el título del álbum "Tree (Árbol)", Gaelic Storm responde que es debido a que el grupo está empezando a extenderse en diferentes direcciones musicales. En efecto, el tercer ábum del grupo, es marcadamente diferente de sus predecesores. La mayor diferencia tiene que ver con el maquillaje del grupo. Misteriosamente desaparecida es la cantante Samantha Hunt, para ser ahora reemplazada por Kathleen Keane. Otra gran diferencia está en las canciones en sí, ya que el grupo se basa menos en las obras tradicionales y más en sus propias creaciones que tienen un atractivo sonido más moderno a ellos. La canción favorita es "Black is the colour (Negro es el color)", la cual es una de sus melodías de cosecha propia y francamente melancólica.

Gaelic Storm - Tree (2001)

01. Beggarman
02. Before the night is over
03. Johnny Tarr
04. Swimmin' in the sea
05. The plouescat races
06. Black is the colour
07. Mary's eyes
08. New york girls
09. An poc buile
10. Thirsty work
11. I thought i knew you
12. Go home, girl!
13. Midnight kiss
14. Walk through my door

Duración total: 59:40 min.

Comentarios

  1. Sonidos celtas de guitarras, flautas, una voz y las palabras que fluyen en poesía, son los ingredientes básicos para una buena canción y Gaelic Storm lo demuestra con "Negro es el color".

    “Necesidad hay de estar indiferente para lograr ver algo.”
    Eugenio María de Hostos

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  2. 🌫️ La quietud donde aparece lo invisible

    Vivo en Aluminé, donde el viento de la Patagonia parece saber cosas que nosotros olvidamos. Aquí, entre montañas antiguas y ríos que hablan en un idioma anterior a las palabras, uno aprende que mirar no siempre significa ver.

    Hace tiempo me encontré con una frase de Eugenio María de Hostos que quedó resonando en mi interior como una nota larga en una flauta celta: “Necesidad hay de estar indiferente para lograr ver algo.”

    Al principio me pareció extraña. ¿Indiferente? ¿Cómo puede el alma comprender algo desde la indiferencia? Pero con el tiempo, escuchando la música y el silencio que hay detrás de ella, empecé a sospechar que Hostos no hablaba de frialdad, sino de una forma secreta de quietud.

    En la Patagonia, el crepúsculo enseña esto con paciencia. Cuando el sol comienza a retirarse detrás de los cerros y el cielo se vuelve un tejido de sombras y fuego, uno podría intentar atraparlo con ansiedad… fotografiarlo, describirlo, nombrarlo. Pero cuanto más uno intenta poseer ese instante, más se escapa.

    En cambio, cuando simplemente se está allí —sin exigir nada, sin esperar nada— algo sucede.

    La mirada se vuelve más amplia.
    El oído más profundo.
    El corazón más silencioso.

    Entonces empiezan a aparecer cosas que antes estaban ocultas: el rumor del río como una antigua canción, el paso leve del viento entre los coihues, el misterio de una luz que no pertenece del todo al día ni a la noche.

    Tal vez esa “indiferencia” de la que hablaba Hostos sea, en realidad, una renuncia momentánea al deseo de controlar la experiencia. Una pausa en la necesidad humana de interpretar todo de inmediato.

    Porque el espíritu, como la música, necesita espacio para revelarse.

    Y en ese espacio ocurre algo curioso: las melodías parecen venir de muy lejos. A veces de tierras celtas imaginadas, donde guitarras, flautas y una voz sencilla dejan caer palabras como hojas sobre el agua. Canciones donde el color negro no es oscuridad, sino profundidad; donde el amor y la nostalgia caminan juntos por senderos antiguos.

    Escuchando esos sonidos, uno entiende que hay verdades que no se alcanzan persiguiéndolas, sino dejándolas llegar.

    Como las estrellas.

    Durante el día están ahí, pero el brillo del mundo las oculta. Solo cuando el cielo se vuelve indiferente al sol —cuando su luz se retira— las estrellas aparecen, silenciosas, innumerables.

    Quizás nuestra conciencia funcione de la misma manera.

    Mientras estamos llenos de ruido interior, de opiniones, de urgencias, de certezas… el misterio permanece escondido. Pero cuando el alma se aquieta y deja de aferrarse, algo empieza a revelarse desde el fondo de la noche interior.

    No es una respuesta exacta.
    No es una explicación.

    Es más bien una sensación… como escuchar una melodía que parece haber existido siempre.

    Y entonces comprendemos que ver, en el fondo, no es abrir más los ojos.

    Es aprender a soltar la mirada.

    Aquí, en Aluminé, cuando el día termina y la música se mezcla con el viento frío que baja de la cordillera, suelo pensar que tal vez el espíritu viaje así: ligero, sin expectativas, dejando que las cosas se muestren cuando quieren.

    Más allá del crepúsculo.

    Justo allí donde lo invisible comienza a cantar.

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