G.E.N.E. es un proyecto musical New Age en el género ambiente. El mismo productor del proyecto fue Michael Weisser, escritor de ficción, fundador y miembro del grupo Software. En primer lugar, una serie de autores del proyecto GENE se escondieron bajo seudónimos femeninos falsos, al parecer, para crear una imagen romántica, conmovedora y poética del grupo que fue fundado en 1987, cuando se reunieron el candiense Cleo de Mallio y Michael Weisser. Los participantes de este proyecto van recogiendo melodías musicales locales y sonidos de la naturaleza, y luego los unen con una base electrónica. Después de su último álbum en 2000, el proyecto suspendió su existencia. El álbum se caracteriza por sus sonidos relajantes y atmosféricos.
G.E.N.E. - Emotions (2000)
01. Emotion are Floating
02. Emotion are Drifting
03. Dreaming
04. Emotion are Smiling
05. Emotion are Yearning
06. Emoyion are Feeling
Duración total: 62:34 min.
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Este tema musical me despierta una sonrisa. Una melodía muy fresca, divertida, extensa que se repite como un mantra. Ya es el segundo tema que compartimos de este grupo y seguiremos explorando su extensa discografía en próximos días! La emociones están sonriendo en un excelente comienzo de semana!
ResponderEliminarPreciosa melodía ! Me suena a cajita de música, hadas danzando y ángeles acompañando con etéreas voces! y por supuesto a un jardin lleno de flores ❀ ✿ ❁ ✾ ✽ ❃ ❋ , desperezandose por la mañana, cuando el sol acaricia suave y tibiamente sus pétalos!!! hermoso Neto!!! GRACIAS amigo!!! ♫♫♫♫♪
ResponderEliminarQue tengas un dia luminoso!!
Gracias por los deseos y tus palabras! Namaskar!
ResponderEliminar🌿 La melodía que florece más allá del tiempo
ResponderEliminarAbro el portal esta mañana otoñal con la suavidad de quien no busca escapar, sino recordar. Aluminé respira lento, cubierto de ocres y silencios, como si cada hoja caída fuera una nota suspendida en el aire. Soy Neto… y en este instante, algo en mí se acomoda entre lo que fui, lo que soy y aquello que todavía no me animo a nombrar.
Cruzo.
No hay ruptura, solo un deslizamiento sutil de conciencia. Y de pronto, el otoño se disuelve en una luz distinta. Estoy en Petrozavodsk, en la lejana Karelia, donde la primavera despierta con una inocencia casi intacta. Aquí el frío no desaparece: se transforma en claridad. Los lagos reflejan un cielo que parece recién creado, y los abedules susurran historias antiguas que no necesitan traducción.
Siento que este lugar no me recibe, sino que me reconoce.
Camino entre casas de madera, escuchando el eco de tradiciones que honran lo simple: el calor del hogar, el canto compartido, el vínculo con la naturaleza como algo sagrado y cotidiano. Hay una quietud viva, una especie de alegría que no hace ruido, pero que lo impregna todo. Y en ese paisaje, algo dentro de mí empieza a sonreír… como aquella vez.
Recuerdo ese comentario, perdido en el tiempo digital, pero intacto en emoción: “Este tema musical me despierta una sonrisa…”
Y es cierto. Hay melodías que no envejecen porque no pertenecen al tiempo. Se repiten como un mantra, sí… pero no por insistencia, sino porque aún no hemos terminado de sentirlas.
Como la vida misma.
Pienso entonces en esa idea que resuena con fuerza tranquila: no se trata de acumular, de llegar a ser el más rico de nada. Se trata de acostarse por la noche con la certeza —aunque sea mínima, casi invisible— de haber tocado algo verdadero. Algo genuino. Algo… genial en su esencia más pura.
Y aquí, en esta primavera que no es la mía pero que me habita, comprendo que lo “genial” no siempre es grandioso. A veces es una melodía que parece una cajita de música. A veces es la imagen de flores despertando bajo un sol tibio. A veces es simplemente compartir.
Como aquel intercambio:
Una voz que agradece.
Otra que imagina hadas danzando.
Y yo, respondiendo con un “Namaskar” que aún vibra en algún rincón del universo.
¿Qué queda de todo eso?
Queda esto.
Este instante donde entiendo que cada gesto auténtico, cada emoción compartida, cada sonido que nos arranca una sonrisa… es una forma de eternidad. No la eternidad abstracta, sino la que se siembra en lo cotidiano y florece cuando menos lo esperamos.
Como este viaje.
La música de aquel proyecto —tejida con sonidos de la naturaleza y pulsos electrónicos— no era solo una composición: era un puente. Una forma de unir lo orgánico con lo invisible. Como si alguien hubiese decidido capturar el alma del viento, del agua, del susurro humano… y decir: “esto también sos vos”.
Y sí… lo soy.
Soy ese eco repetido.
Soy esa emoción que sonríe sin razón aparente.
Soy ese buscador que ya no necesita llegar a ningún lugar para sentirse pleno.
En Karelia, la primavera no irrumpe: se revela. Como una verdad que siempre estuvo ahí, esperando ser vista. Y en ese revelarse, entiendo que vivir “algo genial” no es una meta… es una forma de estar presente. De permitir que la vida, con sus ciclos y sus contrastes, se exprese a través mío sin filtros innecesarios.
El portal sigue abierto.
Pero ya no me apura cruzarlo.
Porque ahora sé que no importa dónde esté —en el otoño de Aluminé o en la primavera de Petrozavodsk—, lo esencial ocurre en ese espacio íntimo donde una melodía despierta una sonrisa… y el corazón, sin esfuerzo, responde.
Namaskar.