Dan Gibson's Solitudes - Algonquin Suite (1992)

El documentalista Dan Gibson hizo una gran carrera de captura de imágenes del mundo natural, sobre todo, en grabaciones de sonido. Además, Dan Gibson también es conocido por el desarrollo de un novedoso equipo especial diseñado para mostrar con precisión la belleza sutil de la naturaleza. De la premiada serie llamada Dan Gibson's Solitudes, la excelente "Suite Algonquin" combina grabaciones de sonidos de aves y otros animales salvajes de Dan Gibson con la nueva música de Hennie Bekker basada en instrumentos acústicos y sintetizadores. Experimentando la naturaleza única de Algonquin, mientras se rema en paz con un tema musical delicado pero entretenido, esta suite explora uno de los principales santuarios naturales de Canadá.

Dan Gibson's Solitudes - Algonquin Suite (1992)

01. First Light
02. At the Campsite
03. Paddle and Portage
04. Standing Tall
05. Easy Stream
06. Marshlands
07. Forest Song
08. Eyes of the Night
09. Reunion of Wolves
10. The Campfire

Duración total: 53:07 min.

Comentarios

  1. EL Bomberoreloco 11 de junio de 2013 11:18
    hola netito muy linda la melodia de hoy...solo que me trar malos recuerdos de cuando se quemaba un bosques y los pichiritos se quemaban todos en fin asi es el oficio....MORTALLLLL
    segui asi que asi me gusta a mi.bueno te dejo que esta sonando la alrma.....(de mi autooooo)

    Neto 11 de junio de 2013 11:24
    jajaja, estás reloco bombero! jajaja

    Neto 11 de junio de 2013 13:35
    Hacía muchos meses que no compartía música de Dan Gibson y su serie Soledades... ayer me puse a escuchar este CD que no conocía y me agradó mucho! Los sonidos de pájaros y la melodía de Hennie Bekker mirando un atardecer es impagable! Se los recomiendo!

    El mensaje de hoy muy conocido: las Bienaventuranzas:

    "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
    Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
    Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
    Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
    Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
    Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos."

    Gloria Celeste González Junyent 12 de junio de 2013 22:46
    Muy bello, logró calmarme luego de un día de mucho ir y venir por mis trabajos y demás actividades pero como siempre que mi día es ajetreado, entro a este espacio de tranquilidad y la logro, es lo que este tema de Dan Gibson logró conmigo, y me interno en la camucha, tranquila, relajada y con la convicción de un reparador descanso, acompañada también con las bienaventuranzas que tanta paz traen a nuestro corazón cuando hace mucho que no repasamos, traen remanzo.
    Bienaventurado mi amigo por compartir todo lo que comparte con todos nosotros porque nos hemos ganado el cielo nutriéndonos mutuamente, Besos y abrazos agradecidos

    Neto 13 de junio de 2013 13:46
    Gracias Gloria! por comentar, por la compañía... Bienaventurada vos también! Besos

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  2. 🌲 El rumor invisible de los bosques eternos

    Hay sonidos que no pertenecen solamente al mundo audible.
    Sonidos que parecen venir desde mucho más lejos que un bosque, un río o un simple atardecer.

    Esta noche, mientras escuchaba Suite Algonquin de Dan Gibson y Hennie Bekker, tuve la extraña sensación de que la naturaleza no estaba afuera… sino dentro mío. Como si cada canto de ave, cada murmullo del agua y cada suave melodía instrumental despertaran algo antiguo y dormido en el alma.

    Y pensé en aquella frase de Marie Curie:

    “Me enseñaron que el camino del progreso no es ni rápido ni fácil.”

    Qué verdad inmensa habita en esas palabras.

    Porque todo verdadero crecimiento espiritual ocurre lentamente. Igual que los bosques. Igual que los ríos que tardan siglos en encontrar su cauce definitivo. Igual que el corazón humano cuando aprende, después de muchas tormentas, a transformarse sin endurecerse.

    Vivimos en un mundo apresurado, donde todo parece exigir velocidad. Las personas quieren respuestas inmediatas, felicidad instantánea, caminos cortos hacia la plenitud. Pero la naturaleza jamás tuvo prisa. Y aun así creó montañas, océanos, árboles milenarios y cielos capaces de detenernos el alma.

    Quizás por eso la música de Dan Gibson produce algo tan difícil de explicar.

    No intenta impresionarnos.

    Nos invita a regresar.

    A volver lentamente hacia ese lugar interior donde todavía somos capaces de escuchar el lenguaje secreto de la creación.

    Mientras sonaban los pájaros mezclados con los delicados sintetizadores y las melodías acústicas de Hennie Bekker, cerré los ojos y por un instante me sentí remando silenciosamente sobre aquellas aguas canadienses de Algonquin. Todo parecía suspendido entre la realidad y el sueño. El bosque respiraba lentamente alrededor mío como una presencia viva y consciente.

    Entonces comprendí que existen paisajes que no necesitan ser vistos para habitarnos.

    Hay bosques que florecen dentro del espíritu.

    Y también incendios.

    Recordé aquellos comentarios de hace años en el blog… el Bomberoreloco hablando entre bromas y recuerdos tristes sobre los incendios forestales, sobre los pichones quemándose entre las llamas. Y detrás de ese humor desordenado y entrañable, sentí otra vez la fragilidad de toda belleza.

    Porque incluso los bosques más hermosos pueden arder.

    Incluso las almas más nobles atraviesan oscuridades.

    Pero la naturaleza conoce un misterio que los seres humanos olvidamos demasiado seguido:
    después del fuego… también llega la regeneración.

    Nada verdaderamente vivo desaparece por completo.

    A veces las cenizas son apenas el comienzo invisible de una nueva forma de luz.

    Y mientras la música seguía fluyendo como un río tranquilo en medio de la noche, pensé en las Bienaventuranzas. Esas palabras antiguas que todavía poseen el extraño poder de traer calma cuando el mundo interior se encuentra agotado.

    “Bienaventurados los que buscan la paz…”

    Qué difícil resulta a veces buscar la paz en un mundo construido sobre el ruido.

    Sin embargo, allí estaba.
    Escondida entre el canto de los pájaros.
    Entre un piano suave y el viento imaginario de los bosques.
    Entre los comentarios sencillos de personas compartiendo humanidad a través del tiempo.

    Gloria hablaba del cansancio cotidiano y de cómo aquella música logró traerle descanso. Y comprendí algo profundamente hermoso: jamás sabemos realmente cuánto bien puede provocar aquello que compartimos desde el corazón.

    A veces una simple melodía salva una noche difícil.

    A veces unas palabras sinceras se convierten en refugio para alguien que lucha en silencio.

    Tal vez por eso sigo compartiendo música después de tantos años.

    Porque en el fondo no compartimos canciones.

    Compartimos estados del alma.

    Compartimos pequeñas luces.

    Compartimos silencios capaces de curar.

    Mientras el álbum avanzaba lentamente, tuve la sensación de que el verdadero santuario no era Algonquin ni ningún bosque lejano. El verdadero santuario aparece cuando el espíritu logra entrar en armonía con la creación, aunque sea por unos pocos minutos.

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  3. Y allí, en esa quietud misteriosa, entendí otra cosa:

    El progreso espiritual del que hablaba Marie Curie no consiste en llegar rápidamente a ningún lugar.

    Consiste en aprender a caminar.

    A veces lentamente.
    A veces heridos.
    A veces atravesando incendios interiores.

    Pero siempre avanzando.

    Siempre creciendo hacia la luz.

    Quizás por eso la naturaleza nos conmueve tanto. Porque jamás deja de transformarse. El bosque acepta el otoño, soporta el invierno y vuelve a florecer sin preguntarse si vale la pena intentarlo otra vez.

    Los seres humanos, en cambio, solemos resistirnos al cambio. Nos aferramos al dolor, a los recuerdos, a las heridas viejas. Y olvidamos que hasta las ramas secas forman parte del camino hacia una nueva primavera.

    Entonces el canto de un ave atraviesa el silencio…

    y algo dentro nuestro recuerda.

    Recuerda que todavía estamos vivos.

    Recuerda que incluso en medio de las sombras existe una música invisible sosteniendo el equilibrio del universo.

    Y quizás la espiritualidad sea precisamente eso:

    aprender a escuchar, detrás del ruido del mundo, el rumor eterno de los bosques del alma.

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