Como compositora e intérprete, Rebecca Harrold logra unir los elementos a menudo mutuamente excluyentes de la música clásica, el jazz y la popular en una potente síntesis que proporciona a su grabación debut, "The River of Life", una gama de material realmente impresionante, todo unificado de manera persuasiva por el poder de su voz musical. Esta es una grabación brillante en todos los sentidos y presenta a muchas luminarias del mundo de la música. La estructura de todas las composiciones originales de Rebecca es la de una forma popular y cada canción tiene una calidad lírica que sugiere una historia sucinta sin palabras. Sus piezas instrumentales brindan el espacio en el que diversos oyentes pueden crear su propia historia con la calidad emocional de su virtuosa interpretación.
Rebecca Harrold - The River of Life (2012)
01. Photograph
02. We Belong Together
03. G.O.D.
04. The River of Life
05. Without You
06. Another Time, Another Place
07. Mourning Dove
08. Gotta Never Give Up
09. Sentimental Roll
10. Say You Won't
11. Majesty
12. Willow Tree
13. On My Own
Duración total: 53:48 min.
01. Photograph
02. We Belong Together
03. G.O.D.
04. The River of Life
05. Without You
06. Another Time, Another Place
07. Mourning Dove
08. Gotta Never Give Up
09. Sentimental Roll
10. Say You Won't
11. Majesty
12. Willow Tree
13. On My Own
Duración total: 53:48 min.
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Confía en ti mismo, y sabrás cómo tienes que vivir.
ResponderEliminar—Goethe
⟡ Más allá del viento: una reflexión desde Aluminé ⟡
ResponderEliminarEl viento de Aluminé siempre parece hablar. No con palabras claras, no con la urgencia de lo humano, sino con esa voz ancestral que uno aprende a escuchar cuando el silencio interior finalmente se rinde. Esta tarde, mientras el cielo se hunde en un gris espeso y las nubes se apresuran como si tuvieran un destino del que no quieren hablar, salgo a caminar hacia el río. Hay algo en el rumor del agua—casi siempre constante, casi siempre fiel—que atenúa la soledad que hoy se aferra un poco más fuerte al pecho.
El viento patagónico me golpea de costado, como si quisiera empujarme hacia algún lugar preciso, aunque desconozco cuál. Quizás es su forma brusca y sincera de decirme que aún estoy vivo, que mi paso sigue dejando huella en la tierra húmeda. Los atardeceres nublados de Aluminé nunca son simples; siempre parecen anunciar algo. A veces un cambio. A veces una revelación. A veces, simplemente, un recordatorio de que incluso los días sin luz guardan su propia belleza.
Mientras avanzo, con la chaqueta arremolinándose contra mi cuerpo, me viene a la mente la frase de Goethe:
“Confía en ti mismo, y sabrás cómo tienes que vivir.”
Al principio suena sencilla. Pero en momentos como este—cuando el alma parece un territorio brumoso y el horizonte se confunde con las dudas internas—se vuelve un enigma profundo. ¿Cómo confiar en uno mismo cuando todo alrededor parece incierto? ¿Cómo escuchar la intuición cuando el viento interno sopla en direcciones opuestas?
Sin embargo, quizá ese sea el verdadero mensaje. No es una confianza arrogante ni una certeza absoluta. Es más bien una invitación a sentarnos frente a nuestro propio espíritu, con la misma honestidad con la que uno se sienta frente al fuego en una noche fría de la cordillera. El fuego no pregunta quién eres, ni exige explicaciones. Solo te ofrece su calor si te acercas lo suficiente. Así es la confianza interior: un acto humilde, un gesto de aproximación.
A lo lejos, las montañas apenas se distinguen bajo el manto de nubes, pero su presencia es contundente. No necesitan mostrarse para existir. No necesitan gritar para imponerse. Son, simplemente, lo que son. Y tal vez ese es el aprendizaje que llevo años buscando sin decirlo en voz alta: ser sin pedir permiso, reconocer mi propio contorno aunque el viento me empuje a perderlo, aceptar que mi voz tiene un sonido propio aunque a veces tiemble.
Cada persona que vive en estas tierras sabe que el viento es un maestro severo. Te obliga a afirmarte, a caminar con paso seguro incluso cuando parece que te arrebatará del camino. De alguna manera, crecer aquí es aprender a convivir con fuerzas más grandes que uno mismo sin dejar de ser uno mismo. Y tal vez por eso, cuando miro al cielo que se oscurece, siento que la tristeza que cargo hoy no es un enemigo, sino un recordatorio de que sigo sintiendo, sigo buscando, sigo vivo.
El río murmura a mis pies. Es un murmullo que habla de viajes lejanos, de la nieve que se derritió en las alturas y emprendió un camino que jamás detendrá. Me quedo quieto, dejando que el viento me despeine los pensamientos. Y algo dentro de mí, muy profundo, muy antiguo, susurra: “No tienes que saberlo todo ahora.”
Quizá confiar en uno mismo es eso: aceptar que la claridad llegará cuando tenga que llegar, como los primeros rayos después de un temporal.
Me acomodo la bufanda y cierro los ojos un instante. El viento no cesa, pero ya no me parece tan hostil. Siento que me sostiene, que me mantiene despierto. Siento que la soledad, al igual que las nubes, es pasajera; y que incluso la tristeza tiene una función secreta: afinar la percepción del alma.
Abro los ojos y el mundo sigue siendo gris, sí, pero no se siente vacío. Las sombras tienen profundidad. El aire, propósito. Yo mismo, un latido tenue pero persistente en medio de la inmensidad.
"Confía en ti mismo…"
La frase vuelve, pero ahora no suena como un mandato. Suena como un sendero. Como un faro que no ilumina el camino, sino tu propia capacidad de caminarlo.
En este atardecer ventoso, donde la soledad se mezcla con la tierra y el espíritu, comprendo algo sencillo y revelador: la vida no espera a que estemos seguros para avanzar. La vida avanza, con o sin permiso, como el río que sigue su curso aunque nadie lo observe. Y confiar en uno mismo significa, quizás, permitirnos avanzar también, aunque tengamos miedo, aunque el pronóstico anuncie tormenta, aunque las nubes escondan la última luz del día.
ResponderEliminarRespiro hondo. Siento el frío en la piel. Y aun así, el corazón se siente un poco más tibio.
Porque entiendo que la tristeza es solo una estación.
Y que en el movimiento constante—del viento, del río, de la vida—hay una sabiduría que no se aprende en libros, sino en momentos como este: con el espíritu expuesto, con el mundo gris, con la certeza silenciosa de que somos capaces de atravesar nuestro propio crepúsculo.
Y mientras regreso a casa, envuelto por el viento que ya no me empuja sino que me acompaña, pienso que tal vez ese es el verdadero poder de confiar en uno mismo: seguir caminando incluso cuando el sol no se ve, sabiendo que la luz sigue ahí, en algún lugar dentro de uno.
✦ Cuando el viento recuerda tu nombre ✦
ResponderEliminarEl viento hoy sopla con una intensidad casi antigua, como si hubiera despertado con la urgencia de removerlo todo: la tierra, las nubes, las dudas que uno carga en silencio. En Aluminé, el viento no es un simple fenómeno; es un espíritu que se cuela entre las montañas, que se arremolina en las calles de ripio, que se mete en los huesos para recordarte algo que casi olvidaste. Esta tarde ventosa y nublada, camino hacia la loma que da al lago. El cielo parece un gran lienzo de ceniza, y la luz del atardecer apenas logra filtrarse como un último suspiro dorado antes de rendirse.
Hay un poco de tristeza hoy, lo admito. Una soledad que no duele, pero pesa. A veces el corazón necesita hundirse un poco en su propio silencio para escuchar lo que realmente importa. Y aquí, en estas tierras donde la cultura mapuche enseña que cada elemento tiene su espíritu, no puedo evitar sentir que el viento intenta hablarme. Quizás no con palabras, pero sí con señales, con un ritmo, con una presencia.
Mientras avanzo, recuerdo la frase de Goethe:
“Confía en ti mismo, y sabrás cómo tienes que vivir.”
La repito como si fuera un conjuro, aunque no termino de comprenderla del todo. ¿Cómo confiar cuando uno se siente pequeño frente al mundo? ¿Cómo encontrar el rumbo cuando la vida parece un camino borrado por la ventisca?
Pero de pronto, el viento cambia. Se vuelve más cálido, más constante. Y me doy cuenta de algo sencillo: la confianza no llega antes del movimiento, sino durante. Igual que aquí, donde uno no espera a que el viento calme para salir; simplemente ajusta la campera, fija los pies en la tierra y sigue. Confiar en uno mismo es eso: caminar a pesar de la incerteza.
Me siento en una roca que mira hacia el agua. El lago está inquieto, como si también tuviera algo que decir. En la cultura local, siempre se habla de los ngen, espíritus guardianes que habitan los paisajes. Tal vez no es literal, tal vez es solo una forma poética de recordar que la naturaleza tiene una sabiduría propia, una guía silenciosa que se ofrece a quien sabe escuchar. Y hoy, en este atardecer agitado, siento que esa guía intenta alcanzarme.
Cierro los ojos un momento. El viento me golpea el rostro, pero ya no lo siento frío. Es casi como una mano firme que me sostiene, que me mantiene despierto. Y entonces, entre ese torbellino de sonidos, aparece una claridad inesperada:
la soledad que siento no es un vacío; es un espacio que me llama a ocuparlo con mi propia voz.
No vine hasta aquí para escapar del mundo, sino para reconocerme en él. Para entender que no necesito tener todas las respuestas, que la vida no exige perfección sino presencia. Que la confianza es una llama que se aviva con pequeños gestos: un paso más, una decisión tomada desde el corazón, una verdad pronunciada apenas en un susurro.
Las nubes comienzan a abrirse, apenas, dejando filtrar un hilo tenue de luz. No es un resplandor triunfal ni un amanecer épico. Es algo simple, casi humilde. Y sin embargo, me conmueve. Porque siento que ese rayo, tan frágil, tiene algo para decirme:
“Es suficiente con que sigas.”
Tal vez confiar en uno mismo no sea un acto grandioso, sino cotidiano: levantarse, avanzar, respirar, incluso cuando el viento se lleva las certezas. Tal vez vivir sea permitirnos estar en transformación constante, igual que este cielo cambiante de la Patagonia.
Me levanto y comienzo a descender la loma. El viento sigue ahí, fiel como un viejo maestro. Y por primera vez en días, siento que la tristeza se vuelve más liviana, como si se soltara en fragmentos que el mismo viento se encarga de dispersar.
Camino hacia casa con una intuición nueva:
la vida no espera a que dejemos de sentir miedo; avanza con nosotros, y nosotros con ella.
Y en ese movimiento compartido, en ese diálogo silencioso entre lo que somos y lo que estamos destinados a descubrir, aparece la verdad que Goethe quiso revelar:
Si confías en ti mismo, el camino se ilumina desde adentro, aun en los atardeceres más nublados.